Cien días para darle rumbo a un nuevo gobierno no sólo son pocos, sino también lo son para poner las bases de una nueva forma de gobernar. De hecho, lo que hemos visto a partir del primero de diciembre del año pasado es una restauración del pasado con visos de modernidad. Es volver a colocar el presidencialismo en su máxima dimensión de utilización del poder, vamos, la vuelta a la Presidencia Imperial, pero con los mismos vicios del pasado: grandes efectos mediáticos, simulación, besamanos, pero poca sustancia.
El gran poder de Elba Esther Gordillo Morales no encuentra su principal sustento en las cuotas sindicales, tampoco en el partido que creó para participar en la política electoral, ni en la inmensa fuerza económica que tiene a su disposición.
Su Adelita escribe en futuro remoto esta fábula. Desconoce el presente, pero especula en un tiempo imperfecto con el afán de sumarse a la fiebre transicional. Así es querido fabulero, mientras usted lee estas líneas, México atestigua la llegada del inquilino número 14 de Los Pinos, el duodécimo priísta desde los años mozos del Cardenismo y el primer Presidente guapo del siglo 21.
Vivo en una ciudad que no tiene nombre -en los documentos oficiales la designan México, D. F. y otros la llaman Ciudad de México; ignoran que pueblos como Tacubaya, donde vive el Presidente, como Mixcoac, como San Ángel, como Coyoacán, como Tlalpan, como Xochimilco, como Iztapalapa, como Milpa Alta, pertenecen a ella-, donde se debe separar a las mujeres de los hombres en el Metro y el camión, donde sus habitantes se insultan consuetudinariamente con el claxon, con el gesto, con silbidos, con señas elementales.