Martes, Junio 18, 2013
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De Psiquiatra

11/13/2011 - 04:31
Muertazos narcisos

Como es de todos sabido, ignorado sólo por los indígenas de la selva de Borneo, el mes pasado han muerto Steve Jobs y Muamar Gadafi, personajes de indiscutible trascendencia que compartían una de las alteraciones más notorias de nuestra era: un trastorno de la personalidad narcisista; el primero, con características obsesivas, perfeccionista; el segundo, todo un sociópata con abundantes rasgos de histrionismo.

Aprovecho su desaparición física para comentar éste trastorno pensando en las personas jóvenes a quienes estos personajes pudieran servir como modelo, a pesar de sus dramáticas muertes: Steve a destiempo y por voluntario descuido e incapacidad para soltar el control; Muamar como un perro, trasmitida su agonía en sus terribles detalles en cadena mediática mundial.

He de aclarar que la jerigonza del primer párrafo corresponde al lenguaje psiquiátrico oficial, traducible en términos coloquiales como: vanidosos de tiempo completo y de dimensiones cósmicas; generosamente

dotados de iniciativa, centrados en sí mismos y absolutamente convencidos de sus puntos de vista; iracundamente impermeables a cualquier persona que ose contradecirlos o no aceptarlos incondicionalmente. El primero, Jobs, un genio, fanático del diseño y detallista hasta la náusea; el segundo, Gadafi, un fanfarrón payaso y peligroso homicida.

Seguramente ambos aprendieron, por medio de durísimas lecciones de abandono y rechazo en la infancia, la premisa básica de todo narcisista que se respete: no confiar en nadie que no sea uno mismo y, al mismo tiempo, vivir continuamente esta enorme paradoja: “si me abandonaron o rechazaron no me queda más que sentir y pensar que no soy ni valioso, ni querible, ni amable… y sin embargo, he de creer sólo en mí sabiendo como sé, en el fondo, que soy una especie de despreciable cucaracha”.

Así las cosas, la única, siempre provisional y transitoria, solución a la paradoja es buscar o provocar la admiración y aceptación permanente e incondicional de los demás… en quienes no confío y a los que despreciaré siempre que no me demuestren absoluta sumisión y que se anticipen a mis deseos.

Esta paradoja fue plasmada magistralmente por el gran Groucho Marx: “Nunca entraría a un Club que admitiera como socio un tipo como yo”. Que es lo mismo que pensar que: “si esta mujer o este hombre me aman es que no se han dado cuenta de que no valgo la pena y, por tanto, ellos tampoco son valiosos y merecen mi desprecio”.

Extraño y enloquecedor asunto para el mismo narcisista y, por supuesto, para los que lo o la rodean y que lleva al narcisista a deprimirse con frecuencia y a necesitar urgentemente la aceptación y admiración incondicional externa de la que nunca está seguro… y así hasta el final de los tiempos o la ruptura de sus relaciones, y vuelta a empezar.

¿Tendrán remedio los narcisistas? No lo creo, por lo menos no los de clase mundial al estilo de Jobs o Gadafi, ni los de la, más modesta, clase nacional: los Salinas, Sandovales y otros tantos, sean sociopáticos u obsesivos, más peligrosos los primeros que los segundos quienes, si son excepcionalmente inteligentes, Octavio Paz, por ejemplo, suelen hacer valiosas aportaciones en sus diversos campos de influencia. El problema reside en aguantarlos, para quienes tienen la desgracia de ser sus subordinados, sus parejas o hijos.

Y entonces, ¿qué hacer con ellos? Mantenerlos a prudente distancia, no intimar demasiado por más seductores que sean, que lo son con frecuencia. No hacerlo porque él o la narcisista siempre se va a decepcionar de uno y suelen reaccionar con furia destructiva, lastimar profundamente. Seguir el sabio consejo de la abuela de mi esposa: “suéltale el lazo al marrano… que solito se enreda con él”.

 

Comentarios: mario.zumaya@gmail.com 

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