Coordinadora académica del Instituto Simone de Beauvoir. Liderazgo y Formación
05/26/2012 - 01:19“Amigos que no me malquieren han puesto a mi disposición diversas hipótesis ante la revolución de los objetos y la memoria perdida: 1) Estrés. 2) Ingestión de Tafil durante mucho tiempo. 3) Simple distracción. 4) Estupidez. Yo digo que con el tiempo y la edad, los objetos se van y sanseacabó”. Rafa Pérez Gay, “Los objetos perdidos”.
Como Rafa, pierdo los lentes en mi nariz. ¿Será metáfora? ¿Es distinto si uso la palabra “extravío”? El objeto-cosa perdida: las llaves, un libro, el acta de nacimiento, la tarjeta, el reloj. Las cosas (aclaro) inanimadas, se confabulan en mi contra. Estoy convencida. Como dice Rafa, a veces regresan y a veces no. Lo mismo con los objetos del afecto. Un “objeto” es (en el léxico del diván) el lugar de una inversión emocional intensa. El “objeto” perdido. El “objeto” recuperado. El “objeto” de amor, el “objeto” del deseo. El “objeto” introyectado.
También tengo a mis horas, problemas sospechosísimos de memoria. Podría sumar: pérdida, memoria. Extravío. Yo extravío/objetos. Él, extravío. Cada uno a nuestras horas… extravío. Para la misma persona, los modos del extravío interior podrían no ser los mismos si pierde su pluma preferida, que si pierde su factura del gas. Son significantes distintos. La cosa perdida (en el exterior) podría revelarnos el “objeto” en litigio (en nuestro interior). ¿Por qué cuando una anda preguntándose: quién soy y adónde voy, se las ingenia para extraviar un acta de nacimiento en el espacio de un archivero? Los documentos identitarios jamás me han querido. Ni yo a ellos. Los extravío. Me angustia todo trámite atrapador de identidades: credencial, pasaporte, CURP, diplomas. Esos papelitos —entiendo que indispensables— que pretenden nombrarnos desde afuera. “Ah, ya sé quién eres”, podría decirte el señor de las aduanas. Y una se quedaría catatónica: “¿Me lo jura? ¿Tendría usted el tiempo y la gentileza de iluminarme? Le prometo mi más entusiasta reciprocidad”.
Extraviar un collar, un anillo, una pulsera de mi colección étnica, es uno de los golpes más bajos que puedo asestarme. Perder un fetiche. Un amuleto que —según yo— protege mi feminidad y su fuerza posible. Los collares me significan el anhelo/certidumbre de ser amada/haber sido amada, por mis “objetos” reales e imaginarios. Por las personas a las que amo, a las que he amado. Son “cosas” que me envuelven en el abrazo tibiecito de mis “objetos”. El ceremonial de elección de colguijes, es una ceremonia de pertenencia. Si no salgo con el collar indispensable, podría resbalarme en una coladera. No tengo la menor intención de poner a prueba mi afirmación.
Si extravío un collar estoy en pleito con mi feminidad, ¿o con mi libertad? Hoy un collar de Oaxaca y mañana uno de Nepal, es mi humilde constatación emocional de que el mundo es amplio, y de que en esa vastedad reside nuestra libertad. Puede sonar absurdo, no me avergüenzo naditita, así somos casi todos. Revisa tus rituales, y encontrarás tus fetiches. Revisa tus fetiches y encontrarás huellas identitarias. Huellas bastante más singulares que esos iris (los de la pupila) nuestros, ahora fotografiados y atrapados en un siniestro archivero de la SAT.
¿En qué anda una persona que pierde relojes? Metáfora del tiempo. ¿O llaves? Metáfora de puertas que se abren. O que permanecen cerradas. Sólo la persona misma tiene manera de indagarlo. Es un hecho que cada una/o tiene sus singulares extravíos de cosas y sus singulares pérdidas de “objetos”. Y que la “cosa” perdida, puede ser una manera de nombrar al “objeto” ¿perdido? ¿En vías de recuperación? Hay perdedero de cosas, cuando nos sentimos culpables. Se me olvida si ya pagué una factura, pierdo mis comprobantes de pago. ¿Me gusta vivir con una vaga sensación de deuda? ¿O acaso vivo en una sensación de deuda y la pérdida de los comprobantes es mi manera de actuarla en la realidad? Quizá me provoca un cierto alivio: “Esto que siento no es una deuda emocional en la que no he sabido detenerme, es que no sé si pagué el agua”.
Una necesita recuperar sus “objetos”. Reacomodar el libro en el librero, reacomodar en su interior al “objeto” perdido. Aquello que ya no es, que nunca será como antes. ¿Acaso las escenas de búsqueda de cosas no son la escenificación misma del extravío?, abres cajones, te desesperas, miras debajo de la cama, en el horno. Te enojas. Padeces, te culpas. “¿Cómo pude olvidarlo?”. “¿Cómo puedo no saber en dónde está?”.
Rafa podría pasarme una mesada por provocarme emociones de ghost writer (escritora fantasma) no convocada. No en el sentido original de quien escribe en lugar de otro, me refiero a que sus temas y su manera de plantearlos coinciden tantas veces y tan puntualmente con mis fantasmagorías del exacto segundo, que casi siento que debería indemnizarme. Duelos y fantasmas extraviados. ¿En dónde los habré guardado?













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