Opinión
05/15/2012 - 06:02En términos generales, sabemos que la palabra volcán deriva del nombre del dios romano del fuego: Vulcano, forjador de hierro y fabricante de armas, esposo de Venus (quien le fue infiel con Marte, dios de la guerra), cuya fragua ubicaban algunos bajo el monte Etna, en la isla de Sicilia, que apenas el pasado 13 de abril volvió a entrar en erupción.
En lo que poco reflexionamos es que los volcanes son la única vía de comunicación directa entre la superficie de nuestro planeta y las hirvientes profundidades bajo la corteza terrestre. Si bien la lava tiene temperaturas de 700 a mil 300 grados centígrados al salir por la “chimenea” al cráter de un volcán, esa masa ígnea puede provenir de un núcleo situado a 6 mil 400 kilómetros de la superficie, donde impera una temperatura promedio de 5 mil 500 grados y una presión tres millones de veces superior a la atmosférica. Por eso una erupción volcánica es un espectáculo impresionante… y temible, sea de lava o de vapor y cenizas.
Curiosamente, en las islas Hawaii se hallan el volcán más grande de la Tierra, el Mauna Loa, que nace a 5 mil metros bajo la superficie del mar y se yergue por encima del océano a 4 mil 170 de altura, lo que le da un total superior a 9 mil metros, y el más activo del planeta: el Kilauea, hogar de Pelé, la diosa del fuego para los hawaianos. Ambos tienen una edad geológica que oscila entre los 700 mil y un millón de años.
Con el Etna siciliano, el Mauna Loa y el Kilauea forman parte de los 11 volcanes más importantes del mundo (entre un total aproximado de mil 300 activos). Completan la lista: Kilimanjaro (Tanzania), Fuji (Japón), el legendario Krakatoa (Indonesia), Popocatépetl (México), Tambora (Sumatra), Vesubio (Italia), Santa Helena (Estados Unidos) y Teide (España).
Algunos vulcanólogos refieren que en México tenemos al menos 126 volcanes y campos volcánicos activos e inactivos, 10 de ellos en el estado de Puebla, en colindancias con otras entidades: Los Atlixcos, El Cuexcomate, Las Cumbres, Las Derrumbadas, La Gloria, Los Húmeros, el Iztaccíhuatl, La Malinche, el Popocatépetl y el Serdán-Oriental.
Hoy, a los 730 mil años de edad y desde sus 5 mil 458 metros de altura, entre cenizas, fragmentos ígneos y vapor, nuestro Popocatépetl vuelve a traernos mensajes desde las profundidades de la Tierra, que nos desafían a la reflexión y el análisis. Acaso traigan respuestas sobre el origen de nuestro planeta. O del Universo inclusive, pues está más que aceptada la existencia de volcanes activos en otros mundos.
Acaso también sea posible obtener de las aportaciones volcánicas más respuestas sobre el big bang de la vida sobre la Tierra; del fin de la Era del Hielo o última glaciación, cuando calor, agua y una mezcla potente de compuestos orgánicos alimentaron a organismos primitivos que hicieron sobrevivir al ser humano. Cuando, aliados los volcanes con el plancton oceánico, equilibraron el dióxido de carbono de la atmósfera vital para la fotosíntesis, para la producción de oxígeno y para la vida.
El Popo también es fuente de vida: en sus glaciares hay más de 17 millones de metros cúbicos de hielo, equivalentes a millones de metros cúbicos de agua, líquido vital que tal vez fue el que llevó a los indígenas tecuanipas a practicar el primer ascenso del volcán en 1289, por senderos de Amecameca. Y fuente, asimismo, de secretos y leyendas.
Comentarios: luismaldonadovenegas@hotmail.com













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