Opinión
02/25/2012 - 05:51
En estos días se realizó el encuentro anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS) en Vancouver, Canadá.
De ese encuentro surgió una pertinente y grave llamada de atención: el mundo debe volver a creer en la ciencia o podría ser demasiado tarde para salvar el planeta. Para los académicos ahí reunidos la ciencia se encuentra bajo asedio, ya por la censura, la oposición de grupos religiosos (en EU hay fuertes reticencias para enseñar la teoría de la evolución), por los bajos estándares educativos y, a decir de la presidenta saliente de la AAAS, Nina Fedoroff, por un creciente sentimiento anticiencia fundado en los sistemas de creencias que, al estar permeados por el miedo, no se dispersan fácilmente con los hechos. Por lo anterior, se hizo un llamado a los científicos a comunicar mejor su trabajo al público, para combatir la ignorancia científica generalizada y debido a que las soluciones científicas son necesarias para resolver las crisis globales.
En México, la situación que se vive desde el quehacer científico-tecnológico es paradójica, pues a pesar de la escasa atención que el gobierno pone a estas áreas, la comunidad científica nacional constantemente da muestra de su eficacia y de su enorme capacidad de hacer, con poco, mucho. Por ejemplo, recientemente la UNAM consiguió el aval de un consorcio multinacional formado por revisores internacionales, que aplicaron criterios semejantes a los utilizados para definir la instrumentación de satélites en las agencias espaciales de Estados Unidos (NASA) y Europa(ESA), para que comience la fabricación definitiva del instrumento infrarrojo Frida, que formará parte de la segunda generación de tecnologías del Gran Telescopio Canarias (uno de los más grandes del mundo en su tipo) y que está diseñado para trabajar en el rango de luz infrarroja con la finalidad de alcanzar, desde la Tierra, un poder de resolución comparable al de los telescopios espaciales. Este hecho ha posicionado extraordinariamente a la astronomía mexicana en el mapa global y es la primera vez en la historia que nuestro país lidera un proyecto astronómico internacional de esta envergadura.
Por otro lado, en el Cinvestav se presentó este año la supercomputadora con mayor capacidad y velocidad del país. Ésta, nombrada Xiuhcóatl, puede efectuar 25 billones de operaciones aritméticas por segundo y se une a los clústers localizados en la UNAM, Kan Balam, y en la Universidad Autónoma Metropolitana, Aitzaloa, para completar el Laboratorio Nacional de Cómputo de Alto Desempeño. Otro gran avance del desarrollo tecnológico nacional.
Por último, hace pocos días el ingeniero mexicano Jesús Sergio Rico, egresado del IPN y director general de la empresa Silos de agua, presentó un sistema de riego desarrollado por el mismo y denominado “lluvia sólida”, el cual eleva casi 20 veces el rendimiento agrícola en zonas áridas. Esta tecnología consiste en el uso de una sustancia que atrapa el agua en forma de gel y la adhiere a las raíces de las plantas, lo que permite mantenerlas hidratadas, y ya ha demostrado su eficacia desde 2005, cuando se aplicó a cultivos de maíz en el estado de Jalisco. En un país que sufre sequías atroces, como el nuestro, la trascendencia de este invento es innegable.
No podemos negar que vivimos una emergencia planetaria y que muy pocas personas reconocen este hecho. Es por esta situación que se torna cada vez más necesario avanzar en la construcción de una sociedad global del conocimiento que ayude a persuadir a la gente de confiar en la ciencia, así como a presionar a los gobiernos para que inviertan recursos en educación y en desarrollo científico-tecnológico responsable. Sin embargo, en vez de reconocer, apoyar y dar seguimiento a los éxitos de la ciencia y la tecnología mexicanas, que benefician tanto a nuestro país como al mundo, como un camino para mejorar nuestro presente y asegurar el futuro nacional, nuestros gobernantes, utilizando el presupuesto nacional como un botín personal y dando vastas muestras de su naturaleza despilfarradora, parecen no enterarse de esto y actúan, lamentablemente, de manera contraria.
Rosaura Ruiz y Bruno Velásquez
Directora de la Facultad de Ciencias UNAM
Profesor de la FFYL, UNAM













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