Desde hace una semana uno de los varios temas atractivos para la atención política surgió de un suelto periodístico: que la señora Margarita Zavala busca residencia en territorio de Estados Unidos o incluso de España para el dorado autoexilio de Felipe Calderón y los suyos, al término de este malhadado sexenio.
En aritmética, como en política, la sustracción es la operación inversa a la adición. De la misma manera, en ambas disciplinas, la división es la inversa de la multiplicación.
Pésimo en materia de lecturas y, por ende, para entender su circunstancia, Enrique Peña Nieto también está reprobado en “mate”.
El ex alcalde priísta de la capital de Morelos, el joven Manuel Martínez Garrigós, se presenta a sí mismo en Wikipedia como heredero de “valores que resultan fundamentales en su carrera profesional; como político y como luchador social. Valores como el amor a Cuernavaca que lo vio nacer, el servicio a la comunidad, la rectitud, la honestidad, la superación personal y la igualdad” que, dice, son pilares con los cuales trabaja día con día.
No le conozco un solo gran sermón. Ni una sola obra pía. Ni tampoco muchos feligreses. Pero es un obispo harto taquillero entre la clase política. Un facilitador, más que un religioso. Enlace entre los hombres del poder y los hombres del dinero. Por eso lo buscan. Lo hacen grande. Lo festejan.
Fabricación de culpables, una de las características que más sobresalen de la gestión del ex procurador ¿de justicia? capitalino, quien ahora se perfila como el gran ganador de los acuerdos AMLO-Ebrard...
He de rectificar públicamente mi opinión sobre el señor Felipe Calderón. Desde el último viernes vengo pensando que mis críticas a su desempeño cual ocupante de Los Pinos han sido injustas y que, en realidad, lo que debo hacer es elogiarlo pues estamos todos los mexicanos frente a un pequeño gran estadista.
Da pena. Terminó secuestrada por su ingenuidad, ambición y narcisismo.
Ella, sí, la heroína de las clases medias. Quien en su nombre abanderó –pero, sobre todo, publicitó-- poner un hasta aquí a estos condenables delitos es ahora rehén de los más oscuros intereses políticos.
Ingenua, se entregó ella misma a sus captores. Éstos encontraron que la vanidad, la sobreactuación, los micrófonos y los reflectores se convirtieron no en su fortaleza, sino en su debilidad. Y por ahí la cortejaron. Le dieron un premio.
Llegaron desde temprano al sexto piso del edificio Ronald Reagan en el 1300 de la Avenida Pennsylvania, apenas a tres cuadras de esa otra edificación que de vez en vez aparece en las producciones hollywoodenses, el J. Edgar Hoover que es la sede del FBI.
El espectáculo es circense. Un circo donde Josefina Vázquez Mota personifica a la mujer barbada, Santiago Creel al fiero y valiente (jejeje) domador de bestias, Ernesto Cordero al enanito que divierte con sus payasadas, y –nueva atracción-- Roberto Gil Zuarth al saltimbanqui.
¿“Sabes por qué los viejos políticos son como los dinosaurios”?, me preguntó hace ya algunas décadas quien, por entonces, era un inmejorable prospecto para ir a gobernar su entidad natal. Respondí que no sabía y de inmediato me ilustró: “Son animales vetustos que han desarrollado una cola larga que temen les pisen y, también, un cuello muy largo por las caravanas con las que se doblan ante el poder presidencial”.