Dice el prestigiado columnista y obligado referente Raymundo Riva Palacio que “Luis Miranda (Nava) es tan cercano a Enrique Peña Nieto que es la única persona con la que el Presidente se anima a tomar un whiskey”. Lo sabe todo el mundillo político. Y claro, el empresarial.
La alcaldesa de la capital de Nuevo León, dimitió a su cargo el más reciente domingo y, lo peor, es que ni ella misma lo sabe.
“Y yo, Margarita Alicia Arellanes Cervantes –dijo, tras una larga y sensiblera perorata ante tres millares de evangélicos-- entrego la ciudad de Monterrey… a nuestro Señor Jesucristo, para que su reino de paz y bendición sea establecido. Abro las puertas de este municipio a Dios, como la máxima autoridad.”
Estaba previsto que para el nuevo gobierno del Distrito Federal el examen empezaría a los seis meses de iniciado; también lo estaba que entre los más severos sinodales figurarían algunos de los más entusiastas mentores de ayer y de anteayer. Pero lo discutible de algunas de las decisiones tomadas los ha convertido, más que en jueces, en torturadores inquisitoriales.
El torturado es Miguel Ángel Mancera, quien este 5 de junio cumplió exactamente medio año al frente del gobierno de la capital nacional.
Hace unos días, antes de que este fin de semana volara a Italia para hacerse cargo del consulado de México en Milán, la señora Marisela Morales confió a uno de sus allegados el porqué había sido favorecida con esa designación presidencial, revelando así uno de los misterios de más reciente cuño en la grilla totonaca.
“Cambié mis expedientes por sus expedientes”, dijo palabras más, palabras menos.
¿Eficiencia en el cargo de subprocuradora, primero, y procuradora general de justicia, después? No. Eso fue lo de menos.
Las fanfarrias están a punto de convertirse en silbatinas.
Apenas ayer, en este espacio, se mencionaba someramente como en los primeros cinco meses de este año revistas y periódicos que se publican en diversos puntos del planeta –pero, sobre todo, en los centros de las grandes decisiones financieras-- se dio vuelo al llamado Mexican Moment (MeMo, le dicen) que, con la llegada del gobierno de Enrique Peña Nieto se avizoraba para el país. Las reformas tan cacareadas cimentaban los buenos augurios.
Raza de bronce, la mexicana se cuece aparte de todas las demás.
Y nos lo confirma apenas el llamado Club de (Países) Ricos, como también se conoce a la OCDE --jefaturada todavía por el compatriota José Ángel Gurría-- que en uno de esos sus sesudos estudios y profundos análisis concluye que los mexicanos estamos jodidos, pero eso sí muy contentos.
Centenares de trajes, camisas y zapatos. Pero pocos, muy pocos pantalones hay en el vestidor de Andrés Granier, ex gobernador de Tabasco, a quien sólo le faltaría decir que estaba “bolo” –borracho, en el slang de esa entidad-- cuando él, sus familiares y colaboradores asaltaron las arcas federales y estatales.
Como ciudadanos, hemos asistido frecuentemente al afloramiento de repugnantes ejemplos de corrupción, germinados en esa zona en la que confluyen el desarrollo de las políticas públicas y la actividad económica privada.
Café turco. Baño turco. Y el Protocolo de Estambul. Sólo los dos primeros debieron atrapar la atención de Felipe Calderón quien solo –descontando a los ocho escoltas que le acompañaban-- hizo turismo en la capital de Turquía durante este fin de semana.
Mientras se acumulan los casos de corrupción panista, a los blanquiazules no los escuchamos hablar, menos los vemos actuar, en temas que verdaderamente interesan a la sociedad.
¿Dónde están los panistas ante el presente y futuro crecientemente trastornado por cambios hasta ahora desconocidos en el mundo del trabajo, en las relaciones sociales, en la industria, en los servicios, en el concepto de bienestar?
Son desafíos que por supuesto no se enfrentan ni combaten con una expiación ética, unos cuantos insultos o los relevos de un coordinador legislativo.
La todavía joven Administración del Presidente Enrique Peña Nieto salió más que bien librada ante la sociedad con la remoción del titular de la Profeco, tras las muestras de influyentismo y prepotencia de una de sus hijas. Lo ganado, empero, puede diluirse no sólo por el muy controversial nombramiento de Marisela Morales cual cónsul en Milán, tras su desastrosa gestión al frente de la PGR del calderonato, lo mismo que por la permanencia de personajes de dudosa efectividad, pero sí muy comprobada nocividad.